Por qué el yoga te hace llorar

¿Llorar en yoga? Seguro que entre todos los beneficios que se atribuyen a la práctica,jamás te habían hablado de este.

Pero pasa.

Y de manera bastante habitual, además.

Lo que ocurre es que no se habla de ello (¿te imaginas revelar en una cena de cumpleaños las ganas irrefrenables de llorar que te entraron durante Savasana?).

La sociedad nos ha enseñado a controlar nuestras emociones, sobre todo si son visibles (llanto), “injustificadas” (“¿ponerse así por unos estiramientos”?), y fuera del círculo más íntimo (aula de gimnasio con 40 completos desconocidos).

Además, el yoga está rodeado de un halo positivo, místico y hasta naive. Así que en medio de tantas positive vibes,  a ver quién se atreve a reconocer que al final de las clases, en lugar de salir iluminado, lo hace llorando.

 

Si el yoga es tan bueno…¿por qué te hace llorar?

 

En términos yóguicos, no existe separación entre cuerpo, mente y alma, sino que los tres conviven en unión.

Esta concepción implica que lo que ocurre en uno de ellos, en realidad está ocurriendo en todos. Por eso, cuando trabajamos el cuerpo, también estaremos estimulando la mente y el sistema energético (que es el puente entre cuerpo y mente).

Las asanas, de hecho, no son un mero ejercicio físico, sino también una poderosa herramienta espiritual. Al fin y al cabo, fueron concebidas para afectar a la parte más sutil de nuestro cuerpo con el fin último de la transformación espiritual.

Puede que la clase de yoga sea el único momento del día que te dedicas a tí misma (pues honestamente…¿quién se pone a examinar sus emociones en la pausa del café de mediodía?).

También supone un enorme contraste con la vorágine diaria, pues te “obliga” a parar y estar contigo misma, sin nada ni nadie más que te distraiga.

Nuestro estado físico, mental y espiritual es diferente cada día: puede que estés preocupada por problemas financieros o alguna discusión, que te invada el optimismo ante la inminencia de las vacaciones o que te sientas pletórica por un nuevo nacimiento en la familia. O puede que incluso te inquiete algo que no sepas identificar, y que tenga que ver con el bagaje que llevas arrastrando desde hace años.

Esto explica que empieces la clase de una manera diferente cada vez, y que el resultado pueda ser desde la calma y serenidad total, a la euforia, pasando por el llanto.

Y cuanto más profundices en la práctica, más consciente serás de las emociones que van emergiendo en cada clase, y más tolerante serás con ellas.

 

Las asanas que más lágrimas provocan

 

Cada persona es un mundo, por lo que realmente cualquier pose tiene el potencial de desencadenar el llanto, pero a continuación te mostramos las que suelen ser auténticos catalizadores:

 

Poses de apertura de caderas

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Las caderas son consideradas como el depósito emocional del cuerpo ya que albergan todas las emociones que no sabemos manejar; de ahí que acumulen tanta tensión y estrés, y sean una de las zonas en las que más dolor se sufre cuando se empieza a practicar yoga. Prueba con la postura de la Paloma, que sin duda ostenta el mérito de ser una de las más liberadoras en este plano.

 

Poses de apertura de pecho

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Simbolizan la apertura del corazón, o cuarto chakra, que según la tradición yóguica está asociado al amor, la intuición y la autoestima. Los signos de desequilibrio de este centro energético adoptan múltiples formas (desde dificultad para respirar, hasta sentimientos de soledad o depresión). La pose del Camello o de la Cobra son relativamente fáciles de hacer, y te ayudarán a abrir el pecho.

 

Savasana

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La postura de relajación por excelencia. Permite una consciencia máxima del cuerpo, y favorece la conexión con nosotros mismos. Como se suele practicar al final de la clase, el cuerpo se encuentra estirado y libre de tensiones, por lo que es normal “dejarse ir” (y sin duda, la oscuridad, la música relajante y la meditación guiada invitan a ello).

 

¿Sirve de algo llorar en yoga?

Depende de una persona a otra, pero algunos de los efectos de abandonarse al llanto son:

  • Desarrollo espiritual.
  • Liberación de bloqueos.
  • Eliminación de dolores emocionales.
  • Mayor conocimiento de ti misma.

Para algunas directamente ha supuesto una experiencia transformadora.

 

La próxima vez…

Las ganas de llorar llegan de una manera repentina, por lo que tras la sorpresa inicial, es normal que te sientas avergonzada y vulnerable, y trates por todos los medios de reprimir las lágrimas. Seguramente te preguntes cuál es el problema, no compartas lo que te ha sucedido con nadie, y si te vuelve a ocurrir, puede que hasta dejes de ir a clase.

Error.

Piensa que el llanto no es más que la manifestación de una emoción que hemos sepultado en nuestro interior, y que por medio de una acción externa (estiramientos, respiración, relajación) ha sido estimulada y lucha por salir. Si en ese momento suprimes el llanto, volverás a soterrarla.

Tienta creer que enviando dicha emoción a las profundidades de tu ser ya no te volverá a molestar, pero lo cierto es que todos los traumas, tensiones y creencias negativas albergadas en nuestro subconsciente determinan nuestros sentimientos y decisiones de una manera más fuerte de lo que creemos.

Así que la próxima vez que sientas las ganas de llorar invadirte, relájate en la postura, respira profundamente, y simplemente déjalo ir; que pase lo que tenga que pasar.

Namaste.


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